“Cuando pasan dos horas sin escuchar las explosiones, nos sorprendemos y nos preguntamos: ¿Qué estará pasando?”. María de Nazaret duerme en el sótano. Ella y todos los que están con ella. “Es difícil conciliar el sueño. Los bombardeos son constantes, pero por la noche se intensifican. Dormimos en el sótano, por seguridad”.

Tiene 42 años. Nació en Villa Atuel, pero se crió en Alvear. A los 17 decidió ser monja y eligió su nombre: María de Nazaret. “Ya no uso el otro, salvo para los trámites formales”, dice. Ahora está en su casa familiar. Llegó el 9 de agosto y se va el miércoles, otra vez a las ruinas de Alepo, la ciudad siria que en 2005 era la más poblada con 2.300.000 habitantes, aún más que la capital, Damasco. Ahora sólo tiene sobrevivientes. Pocos.

“Nosotros estamos a media cuadra de lo que era una ciudad universitaria en donde estudiaban 40.000 jóvenes. Ahora es un campo de refugiados”, dice María mientras, detrás de su voz suave y joven, se escuchan las de unos niños. “Son algunos de mis sobrinos, que acaban de entrar a la casa”. Tiene 8, hijos de dos hermanas y un hermano, algunos de los cuales viven en Alvear, en San Luis y otros en Rosario. María goza del equilibrio de la fe.

Detrás de sus hábitos, está la mujer que extraña a su familia y que desea no dejarla, pero su vocación es más fuerte. “Cuento con el apoyo de ellos. Todos los que estamos allí contamos con el apoyo de nuestras familias. Al menos no nos reprochan nuestra decisión. Si así fuera, sería muy difícil”. María de Nazaret está en Medio Oriente desde hace 5 años y hacía 2 y medio que no veía a su familia. Antes que en Siria estuvo en otro destino tan brutal como ese que pide se mantenga en reserva. Hace ya mucho que está en Alepo, demasiado. Tanto, que no la conoció sin bombardeos ni sangre. “Es una opción personal, cada una elige su destino”. La Batalla de Alepo, como se la define, lleva más de tres años sin detenerse un instante.

Los rebeldes del Ejército Libre Sirio (ELS) y las Fuerzas Armadas de Siria no se dan tregua. La ofensiva del ELS comenzó el 19 de julio de 2012, junto con el embate contra Damasco. Allí se concentra (o al menos así era, antes de la guerra) el poder económico de Siria. Algunos califican el conflicto de guerra civil. María, la monja mendocina, dice que no es una guerra civil “porque no es el pueblo sirio el que intenta tomar el poder, sino grupos fundamentalistas. Tienen razones muy difíciles de dilucidar, en donde se mezclan muchos factores. Pero uno de los blancos principales son los cristianos”. La paz murió en marzo de 2011. “Hasta ese momento una libra siria equivalía a un dólar. Hoy un dólar equivale a 300 libras”, cuenta María de Nazaret. La religiosa explica que los motivos de la guerra son muchos. Desde la búsqueda del poder político, las razones económicas y también las religiosas. “Es difícil de analizar”.

Si bien ella asegura que el pueblo no participa, la desigualdad fue uno de los detonantes el 15 de marzo de 2011, cuando se produjeron generalizadas manifestaciones populares en la mayoría del país, contra el gobierno de Bashar al-Asad. En cambio, en Damasco y Alepo marcharon en apoyo al gobierno. Las protestas en las ciudades insurgentes comenzaron a ser reprimidas por el Ejército sirio y eso derivó en una revolución armada.

Alepo comenzó a ser atacada en febrero de 2012. Las fuerzas rebeldes ganaron los territorios cercanos y el 19 de julio comenzó el ataque sobre la ciudad, que hoy continúa. Los números de estos 5 años de conflicto son brutales. 220.000 muertos, 11 millones de desplazados, 4 millones de refugiados y 13 millones dependen de la ayuda humanitaria para subsistir. Y la cifra crece, hora a hora. Hace 5 años Alepo era una ciudad esplendorosa. Hoy es ruinas. Allí vive María. “En cierta forma, una se adapta a la guerra. En normal sentir los bombardeos constantes, los balazos, el humo, encontrar las balas en el balcón”, dice. No hay agua potable desde hace mucho tiempo. “Con suerte, algunos días tenemos energía eléctrica una hora por día y a veces pasa meses cortada. Los servicios son prácticamente inexistentes”, cuenta. Remarca que esto es mucho más grave cuando Siria tiene temperaturas extremas. “En invierno hay varios grados bajo cero, sin poder calefaccionarse con nada, y en verano las máximas llegan a 45 y hasta 50 grados”. Ya casi nadie puede trabajar y, por lo tanto, depende exclusivamente de la ayuda humanitaria. Es una odisea conseguir algo de combustible.

Pocos pueden estudiar. “En algunos pueblos la situación es un poco mejor, pero Alepo está devastada, derrumbada”. María vive en una congregación que además de albergar a un puñado de religiosas, aloja a estudiantes universitarios que tratan de continuar sus carreras, a pesar de la guerra. “Hace un tiempo conseguimos un grupo electrógeno y cuando tenemos combustible nos alcanza para que tengan luz durante dos horas, para que puedan estudiar”, dice. Ahora, en Alvear, nada se parece a Alepo. María es una tía que disfruta de sus 8 sobrinos y que, reconoce, se permite malcriar. “A dos de ellos no los conocía y ahora una de mis hermanas está embarazada, así que a ese niño lo conoceré dentro de dos años, cuando regrese, si Dios así lo quiere”.

Es la única religiosa argentina en Siria. Hasta hace poco también estaba la hermana Guadalupe, una puntana de la misma congregación, “pero tuvo que regresar a la Argentina por temas personales, y si bien ella quiere regresar, no sé si podrá hacerlo”. Pero María habla sin angustia. Tranquila. En todas las fotos se la ve sonriendo. Se levanta todos los días a las 5.30 y se acuesta a las 21, con un bolsito preparado al pie de la cama, por si deben huir.

Durante el día cumple su rutina de fe y la de su misión solidaria, que va desde la asistencia directa a la población hasta el apoyo a los estudiantes. Dice que es difícil ver el fin de la guerra. Sostiene que “como dijo el papa Francisco, esto no va a llegar a su fin, mientras los grandes poderes mundiales sigan entregando armamento”. María de Nazaret vuelve a la guerra este miércoles. Vuelve porque está segura de que esa es su misión. Vuelve en paz, allí donde no existe.

Fuente: Diario UNO