Aún cuando la vida la ha llevado lejos de su Alvear natal, por distintas circunstancias, las imágenes de su tierra la acompañaron siempre. Así lo conto entre amigos, Nélida Felizia que arribó al departamento para obsequiar una de sus pinturas “Otoño en Alvear” que ya forma parte del patrimonio municipal.

El amor hizo que Nélida conociera otros paisajes, viviera experiencias diferentes a las de la Mendoza de su infancia. Pero nada hizo que se olvidara de General Alvear, donde sus padres fueron parte de la historia de los pioneros.

“No es lo mismo el otoño en Mendoza” así reza la canción, que transmite lo que se siente a través del color característico que muestra el paisaje cuando llega el otoño. En ese espíritu, Nélida Felizia, decidió plasmar sus sentimientos y recuerdos en el lienzo.

El amor que la hizo dejar su casa paterna, también la acompañó en la entrega del cuadro, como en tantas otras aventuras emprendidas junto a su compañero de vida, visitando a amigos, y estrechando más aun más fuerte, el lazo con su querido General Alvear.

Juan Carlos De Paolo, Intendente Municipal, recibió la obra de manos de Nélida, en la Multiespacio Cultural, donde se formalizó la entrega. Mediante acta firmada por ambas partes, el cuadro “Otoño en Alvear” es ahora patrimonio de todos.

En su blog, la alvearense relata parte de su historia

Nací en 1943, en Gral. Alvear, pueblo del sur de la provincia de Mendoza, que limita con el Río Atuel y que hacia el este corona su paisaje con la imponente imagen del Cerro Nevado.

Allí transcurrió mi infancia, adolescencia y primeros años de juventud. Pasé algo menos de la mitad de mi vida en ese hermoso lugar en donde la naturaleza ofrece paisajes vendimiales y se suceden las plantaciones de árboles frutales, alamedas y sauzales bordeando las orillas de acequias, canales y ríos.

Verdes, dorados, ocres, rojos otoñales y cielos límpidos fueron quedando fotografiados en mí y me acompañaron siempre, a pesar de los distintos escenarios geográficos por los que me fue llevando el destino.

Mi trabajo (maestra de escuela) muy distante estaba de cualquier forma de expresión artística, pero esas imágenes nunca me abandonaron, y al decir esto no me refiero sólo a los ambientes naturales sino también: a los rostros y personas que formaban parte de mi entorno (familiares, amigos, semblantes con arrugas, hombres de campo tostados por el rayo del sol) y a los animales propios del lugar. Interiormente presentía que algún día ejercería este arte y plasmaría en el lienzo lo que en mi alma estaba intacto a pesar del paso del tiempo.

A los 21 años y sin ninguna experiencia previa le pedí a mi padre que se sentara de perfil y con lápiz negro hice su retrato. Este fue mi gran estímulo inicial y sin embargo fueron muy distanciados los ensayos que hice para perfeccionar como autodidacta mi capacidad artística, en la que había mucho para pulir. Después de algunos años me animé a pintar rostros en carbonilla como próceres, abuela, Eva Perón, Che Guevara, Enrique Santos Discépolo.

Tiempo después, y siempre aprendiendo de la propia experiencia, agregue color utilizando la tiza pastel y la carbonilla.
Más tarde incorporé el acrílico, pero pasar al óleo sin ninguna orientación profesional, me inmovilizaba; entonces tomé clases para poder aplicar y manejar esta técnica y desde ese momento, todas aquellas imágenes atesoradas desde mi infancia, las gamas de colores, etc. funcionaron como musa inspiradora para lo logrado hasta hoy.

Trabajo a partir de la fotografía y me doy cuenta de que las elecciones que realizo tienen una íntima relación con mi pasado entre las fincas mendocinas.