General Alvear transita tiempos difíciles en materia de inseguridad. Día a día son múltiples los hechos delictivos que se registran en nuestro departamento condicionando la realidad de los alvearenses. No hace falta un esfuerzo de imaginación demasiado exigente para comprender que hemos entrado en una situación de riesgo.
La inseguridad es indudablemente el flagelo que más preocupa a la sociedad y la ocupa en buscar alternativas para evitar ser víctima de la delincuencia. Robos, hurtos, entraderas, asaltos, estafas y hechos vandálicos son las modalidades que los “amigos de lo ajeno” eligen para atentar contra la tranquilidad que caracterizó a este departamento durante décadas.
Alvear experimenta, cada vez más, una profunda sensación de angustia y desamparo. Crece la impresión de que el cuerpo social está indefenso frente a los embates de la delincuencia y que el Estado no está cumpliendo, hoy, su finalidad más importante, que es la de proteger la vida y los bienes de los ciudadanos.
El interrogante que todos nos hacemos es ¿Qué está pasando para que Alvear se vaya convirtiendo en un lugar inseguro? Y si, en este contexto algo está pasando para que en un intento de comprensión colectiva y análisis sociológico naturalicemos la inseguridad e incorporemos la noción de que transitamos un fenómeno que nos afecta a todos.
La inseguridad se ha tomado las calles y la comunidad está desesperada y aunque han ‘aumentado’ las capturas, estas no logran reducir la sensación entre los vecinos de que sus vidas corren peligro diariamente cada vez que están fuera de sus casas y aún dentro de ellas. Y no es tapar el sol con un dedo, argumentando desde la oficialidad, con frías estadísticas, sobre una supuesta baja, estadística que ningún ciudadano siente. Es preciso reconocer que este es un problema que en cualquier momento puede salirse de control.
Más fría que las palabras que conforman este tejido escrito es la situación con la que tienen que soportar los que se convierten en huérfanos de la seguridad tras asumir que los que practican la criminalidad los han despojado de sus pertenencias. El enorme y justo sacrificio se desmorona entre lágrimas y crujir de dientes cuando el resultado de sus esfuerzos es arrebatado en hechos de esta naturaleza. La desolación y la desazón invaden la vida de quien debe continuar, o empezar de nuevo, cuando su espacio es invadido, vandalizado y violentado por aquellos que no miden ni reflexionan sobre las consecuencias que sus actos generan en un hecho delictivo.
Y para agravar dicho sentimiento casi comunitario, los estrados judiciales se encargan de dejar libres a aquellos que son detenidos, porque no se cumplieron las normas formales y la ciudadanía tiene la creencia de que es inútil denunciar y sus vidas quedan en riesgo para siempre, sin mencionar la tortuosa tramitología en el aparato judicial.
Como medida los damnificados optan por volver virales en sus redes sociales los hechos que sufren buscando que alguien les ayude aportando datos o simplemente alertar al resto que la inseguridad golpeó sus vidas. Esto, sin ánimos de contrariarlo, refuerza la grave percepción de inseguridad que a diario expresan quienes residen en nuestro querido Alvear.
El modus operandi de los victimarios bien puede parecerse a la de la organización criminal. A cambio de recuperar sus pertenencias, los que actúan en ilegalidad demandan un pago a los que agravaron. Sin lugar a dudas es inaceptable que se deba caer, frente a la inacción de los responsables de garantizar seguridad, en las tretas de personas cuyo único rol pareciera ser rentabilizar sus actos delictivos.
Uno de los rasgos más preocupantes del nuevo y corrosivo escenario social es la aparición de una delincuencia que apela a la violencia con total irracionalidad y, en algunos casos, con incomprensible gratuidad. Entre los factores que coadyuvan a esa situación hay que consignar el hecho de que la criminalidad se ha extendido aceleradamente hacia las franjas más jóvenes de la población y aun en los estratos de la adolescencia y la niñez.
Pero, ¿Cuál es la razón por la que de forma persistente se constaten delitos similares? La ecuación es simple. Hay un mercado informal que demanda y en un acto de total impunidad maneja los piolines de la organizada red delictiva que tiene como marionetas a los más desposeídos, entre otros. Atacar a la raíz de este flagelo es erradicar al mercado negro con estrictas y periódicas inspecciones a los lugares donde se comercializan partes de los elementos denunciados.
Las autoridades de los tres poderes deben comprender que la recreación de un sistema efectivo de seguridad es una tarea totalmente prioritaria. Esperamos que se sitúen a la altura de esa responsabilidad.
Es imprescindible que los poderes públicos reaccionen con el dinamismo y la eficacia que la situación exige. El Estado no puede desentenderse de su misión esencial, la que justifica su propia existencia, que es garantizar el orden público y la seguridad general.
Si el miedo y la desprotección siguen creciendo, se cortarán los últimos hilos que todavía sostienen la confianza de la comunidad en las instituciones y se abriría el camino hacia la disolución del tambaleante orden social. La inacción de los legisladores, que no parecen estar trabajando con la intensidad debida en reformas y legislaciones que permita hacer frente a las exigencias imperiosas de la nueva realidad social, se vincula con la escasa fuerza operativa de la Justicia, desbordada por un caudal de actividad que supera holgadamente la capacidad de respuesta de su maltrecha infraestructura.
Destaco que la tecnología utilizada como las cámaras de seguridad es invaluable. Pero es necesario también que los patrullajes de la policía en todas las calles aumenten para actuar en prevención y no en consecuencia.
De todas maneras, la inseguridad es asunto de todos y todos debemos colaborar para que General Alvear no caiga en sus garras. Debemos denunciar los delitos y por muy alta que sea la tentación, evitemos tomar la justicia en nuestras propias manos.
Todos deseamos fervientemente éxitos en el restablecimiento de la anhelada seguridad, evidentemente, creemos que es una ardua labor y es normal que generen discrepancias, críticas y señalamientos, pero al fin y al cabo, con sensatez y ponderación se debe tratar de buscar soluciones a los graves problemas que se afronta, en vez, de tener objeciones estrechas que nada tienen que ver con las angustias y los anhelos de los vecinos.

•Fernando Burett (Redacción F.M. Viñas).
