Hay que tener el estómago muy curtido para caminar hoy por El Nihuil y escuchar el relato oficial de «desarrollo y turismo».
La realidad del distrito no se mide en los folletos de la municipalidad ni en los spots del gobierno; se mide en el olor a podrido que emana de un lago en agonía, en la desesperación de las familias sin laburo y en la desidia histórica de quienes solo se acuerdan de este lugar para sacarse la foto en temporada alta.
El Nihuil está sufriendo un abandono que ya roza lo criminal. Mientras en las oficinas de la ciudad se llenan la boca hablando de gestión, acá las necesidades básicas de la gente son una materia pendiente permanente. ¿De qué descentralización nos hablan cuando el vecino del distrito se siente un ciudadano de segunda los 365 días del año?
Lo del lago ya no es alarmante, es una catástrofe ambiental y económica a la vista de todos. La baja histórica del caudal expone algo más que barro: expone la falta de control y la complicidad. Hoy, lo que debería ser un espejo de agua y un motor turístico es un foco de contaminación, lamas y una podredumbre que asfixia. Literalmente. El olor del agua es el olor del desinterés político.
Y detrás del desastre ambiental, viene el desastre social. En El Nihuil la falta de trabajo no es una racha, es una constante. Se terminó la fantasía del derrame turístico y lo que queda es un pueblo fantasma, sin oportunidades genuinas para los jóvenes, sin inversión real y con una juventud obligada a emigrar o a subsistir como puede.
La municipalidad y el gobierno provincial se tiran la pelota como siempre, en un juego de burocracia nefasto mientras el distrito se hunde.
El Nihuil no necesita más promesas de campaña ni parches cosméticos. Necesita que el gobierno y la municipalidad dejen de mirar para otro lado, asuman su responsabilidad por el ecocidio del lago y generen infraestructura y empleo real.
