Desde que somos muy pequeños nos empiezan a formar bajo una coraza de rutinas dirigidas hacia una meta determinada. Al principio, cuando vamos a la escuela primaria aprendemos a competir y a desarrollar nuestras habilidades básicas; después, en la secundaria queremos pertenecer a un determinado grupo y dejar de lado a otros; y, posteriormente, en la facultad la competencia se vuelve más intensa y nos convertimos en un “sálvese quien pueda”.
Eso fue exactamente lo que me pasó a mí. Yo jamás me había dejado conmover por tristezas, ni por dolores incorregibles, ni por problemas económicos o de salud; sean éstos propios o ajenos. He disfrutado de todo, a veces creo que hasta con un desmedido egoísmo. Pero recientemente presencié un suceso que me perturbó y quería compartirlo por este medio.
De nuevo, discúlpenme si en pleno siglo XXI, después de leer y releer esta nota sienta que algo está cambiando muy rápidamente en nuestra sociedad. Es sólo mi opinión, y nada más que eso.
Hace poco tiempo en la terminal de ómnibus de Mendoza, pude ver a una chica joven, no mayor a los 25 años; visiblemente golpeada en los brazos y con las manos que le tapaban la cara (evidentemente con el objetivo premeditado de ocultar heridas más grandes y vergonzantes). Mientras la gente pasaba por su alrededor, todos la miraban con curiosidad pero seguían su camino. Finalmente, con la ayuda de un amigo, le avisamos a un guardia de seguridad lo que estaba ocurriendo, y fue él quien se le acercó. Después de ofrecerle todos los tipos de ayuda posibles y hacerle algunas preguntas, la chica reaccionó con llamativo nerviosismo y huyó… vaya a saber a dónde. Mientras se iba, lloraba desconcertada y sin consuelo, lloraba porque no sabía cómo salir de esa encrucijada, lloraba como lo que era: una mujer con miedo.
Al escribir esta carta, y desde el desconocimiento más absoluto del nombre de aquella mujer, les hago llegar mi deseo más profundo de que ella, y tantas otras como ella, tengan la paz y la fortaleza suficiente para rehacer sus vidas; porque ambas cualidades son imprescindibles para salir del terrible e inhumano mundo de las mujeres golpeadas.
